domingo, 30 de enero de 2011

Segundo acto

Una mujer llamada Decepción, parte en trozos historias de su pasado y se los tira a las palomas de la plaza. Después se va de cañas con la duda en los labios y restos de seda en la comisura; sonríe a pesar de todo.

miércoles, 19 de enero de 2011

El trapecio

En mitad de un escenario a oscuras aparece un foco grande, blanco y luminoso. Un trapecio colgado del techo de la sala oscila como un péndulo, pasando a ritmo constante por el haz de luz, de manera que sólo se ve lo que ocurre en él cuando queda iluminado. No hay música, ni siquiera se oyen los murmullos del público.
En ese trapecio, una mujer realiza una actuación, amarrando su cuerpo desnudo a la tabla y los cordeles. No escucha nada, tan sólo el latido de su corazón y el jadeo de su respiración.
A cada balanceo, su cuerpo se enrosca por las cuerdas, haciendo de su suspensión una danza trival que sigue los impulsos de sus sentimientos desconchados. El erotismo que desprende el roce de la madera con su piel decidida crece a medida que lo hace la emoción encerrada en su pecho.
Los recuerdos se resbalan por los brazos y las muñecas y los agarra fuertemente con las manos de manera que sus movimiento cambian para no dejarlos escapar, creando posturas más arriesgadas que provocan al equilibrio y a la altura; El trapecio, como si fuera su amante, la acoge con sus brazos trenzados y duros y la escucha estremecerse en silencio. Y debajo, la red.

martes, 4 de enero de 2011

Las tareas de mi sombra

Mi sombra tiene huecos por los que se cuela tu sonrisa.  A mi sombra le haces falta para que se alargue con la última luz del día. Se enreda en tu pelo cuando te despiertas y se acerca a tu boca para oler el aliento a café cuando desayunas. Si no estás, se escapa para buscarte, trepando hasta la ventana de tu dormitorio para colarse por una rendija y velar tus sueños, dejando sus huellas etéreas y silenciosas que se secan cuando te despiertas. 
Pero en los días soleados te acompaña montada en tu silueta oscura, cabalgando tu rastro como un caballero medieval para conquistar tus pasos.

martes, 2 de noviembre de 2010

irreversible

Ella caminaba atravesando la silueta de las personas que se encontraba a su paso, revotando su ardor consumido en la mirada secreta de los flirteos. Nada conseguía atravesar su burbuja y si alguna sensación  mágica osaba hacerse un hueco, era devorada y transformada en glucosa para poder seguir viviendo impasible. 
Impunemente, se comunicaba a través de la barrera del temor transformada en inexpugnabilidad.
Acariciaba, besaba y hacía el amor con una coraza que sólo ella veía, pero que el resto padecía y cuando lloraba, sacaba la cabeza y las manos para poder salir de la realidad que le hacía estar triste y así poder secarse las lágrimas en el aire de la vida que tanto admiraba.
Convertida en la tejedora de sus temores, elaboraba tapices de sensibilidad entretejida con jirones de sexualidad correspondida e implicación agarrotada. Como la Penélope de la Odisea, trabajaba en sus delirios por la mañana para deshacerlos por la noche.
Siempre que intentaba saltarse las reglas de sus propias retenciones sentimentales el miedo apretaba un poco más su corazón agotado de tanto desear una nueva vida.
Cuando creía sentir el atisbo de un enamoramiento e intentaba dejarse llevar, su cuerpo se convertía en un río de placer al tiempo que su alma se encerraba bajo llave y todo volvía a ser igual; 
Se había convertido en una auténtica coleccionista de piedras preciosas sin brillo que solo luciría en los pasillos de su mansión desolada. 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Sin título 5

De tus ganas, me quedo con la tinta de tu respiración que me dibuja en volumen

martes, 12 de octubre de 2010

Geometría razonable

En un cruce de caminos nuestras vidas se volvieron paralelas

La niña de blanco



















La niña de blanco apretaba fuertemente las cuerdas con sus pequeñas manos intentando saltar con esfuerzo al ritmo de sus compañeras. Llevaba puesto un vestido largo y vaporoso que marcaba a cada salto las sutiles formas de un cuerpo curioso y primerizo, pero firmemente decidido a llevar el juego de la comba hasta el final.
Con el movimiento, sus ropas se deshacían en ondas de fina nieve que hacían las delicias de los chiquillos y la envidia de las muchachas.
En las fiestas de los pueblos, los padres engalanan a sus hijos con las mejores ropas, pero sin pretenderlo, la niña de blanco destacaba sobre el resto, y no por tener el mejor vestido, sino por la pecualiar manera de lanzar por los aires los volantes del mismo cada vez que la cuerda pasaba por debajo de sus pies.
En su estética infantil, se mezclaban a partes iguales la inocencia  que da el estado de concentración para evitar fallar en el salto con la perseverancia de intentarlo una y otra vez, sin lastimar el dobladillo de la delicada tela, como si su ropa fuera una segunda piel que se dilata y se contrae al ritmo del frenético juego.
Poco a poco, la niña lograba domar el cordel, dibujando en el aire formas geométricas y cambiantes por las que su cuerpecito se introducía, terminando cada acrobacia en un festival de nubes blancas; y de nuevo otra vez un cambio de giro, una nueva cabriola que dejaba sin aliento a los paños que la cubrían.
Ella era feliz en su almidonado ejercicio, ajena al resto de compañeras que saltaban con relativa facilidad y competían por ser la más diestra en el juego de la comba. Pero a diferencia de ella, el resto si que observaba la deliciosa coreografía que la niña las regalaba  sin ser consciente. Eso era precisamente lo que la hacía distinta y especial.

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