martes, 2 de noviembre de 2010

irreversible

Ella caminaba atravesando la silueta de las personas que se encontraba a su paso, revotando su ardor consumido en la mirada secreta de los flirteos. Nada conseguía atravesar su burbuja y si alguna sensación  mágica osaba hacerse un hueco, era devorada y transformada en glucosa para poder seguir viviendo impasible. 
Impunemente, se comunicaba a través de la barrera del temor transformada en inexpugnabilidad.
Acariciaba, besaba y hacía el amor con una coraza que sólo ella veía, pero que el resto padecía y cuando lloraba, sacaba la cabeza y las manos para poder salir de la realidad que le hacía estar triste y así poder secarse las lágrimas en el aire de la vida que tanto admiraba.
Convertida en la tejedora de sus temores, elaboraba tapices de sensibilidad entretejida con jirones de sexualidad correspondida e implicación agarrotada. Como la Penélope de la Odisea, trabajaba en sus delirios por la mañana para deshacerlos por la noche.
Siempre que intentaba saltarse las reglas de sus propias retenciones sentimentales el miedo apretaba un poco más su corazón agotado de tanto desear una nueva vida.
Cuando creía sentir el atisbo de un enamoramiento e intentaba dejarse llevar, su cuerpo se convertía en un río de placer al tiempo que su alma se encerraba bajo llave y todo volvía a ser igual; 
Se había convertido en una auténtica coleccionista de piedras preciosas sin brillo que solo luciría en los pasillos de su mansión desolada. 

miércoles, 20 de octubre de 2010

Sin título 5

De tus ganas, me quedo con la tinta de tu respiración que me dibuja en volumen

martes, 12 de octubre de 2010

Geometría razonable

En un cruce de caminos nuestras vidas se volvieron paralelas

La niña de blanco



















La niña de blanco apretaba fuertemente las cuerdas con sus pequeñas manos intentando saltar con esfuerzo al ritmo de sus compañeras. Llevaba puesto un vestido largo y vaporoso que marcaba a cada salto las sutiles formas de un cuerpo curioso y primerizo, pero firmemente decidido a llevar el juego de la comba hasta el final.
Con el movimiento, sus ropas se deshacían en ondas de fina nieve que hacían las delicias de los chiquillos y la envidia de las muchachas.
En las fiestas de los pueblos, los padres engalanan a sus hijos con las mejores ropas, pero sin pretenderlo, la niña de blanco destacaba sobre el resto, y no por tener el mejor vestido, sino por la pecualiar manera de lanzar por los aires los volantes del mismo cada vez que la cuerda pasaba por debajo de sus pies.
En su estética infantil, se mezclaban a partes iguales la inocencia  que da el estado de concentración para evitar fallar en el salto con la perseverancia de intentarlo una y otra vez, sin lastimar el dobladillo de la delicada tela, como si su ropa fuera una segunda piel que se dilata y se contrae al ritmo del frenético juego.
Poco a poco, la niña lograba domar el cordel, dibujando en el aire formas geométricas y cambiantes por las que su cuerpecito se introducía, terminando cada acrobacia en un festival de nubes blancas; y de nuevo otra vez un cambio de giro, una nueva cabriola que dejaba sin aliento a los paños que la cubrían.
Ella era feliz en su almidonado ejercicio, ajena al resto de compañeras que saltaban con relativa facilidad y competían por ser la más diestra en el juego de la comba. Pero a diferencia de ella, el resto si que observaba la deliciosa coreografía que la niña las regalaba  sin ser consciente. Eso era precisamente lo que la hacía distinta y especial.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La matemática del pretendiente

El diagrama de flujo del algoritmo del cortejo es una de las consecuciones de acción-reacción más sorprendentes y excitantes que se puedan experimentar. Lo único que conviene tener claro es que la flecha ha de ir en línea recta, siempre hacia los colores más cálidos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Dos hilos rojos

Dos hilos rojos se encuentran en un punto de una hoja en blanco.
Primero se sorprenden y se miran frente a frente con curiosidad; se acercan lentamente con cautela, sin perderse de vista, observando qué clase de hebras posee cada uno: Las del hilo de la izquierda son finas y fuertemente entrelazadas formando una espiral compacta; las del hilo de la derecha son gruesas y trenzadas en formas geométricas con la misma firmeza que las de su compañero, así que ninguno de los dos se relaja, manteniendo su estructura apretada y en tensión.
Cuando se han reconocido, pasado un tiempo, comienzan a relajar su entramado y enrollándose suavemente se miran de costado, de perfil y de soslayo, pero esta vez con una coreografía abierta y tranquila.
Los dos hilos rojos se gustan porque bailan a la vez danzas ondulantes; se juntan y se separan rozando sus  respectivos lomos de fibra y sintiendo el cosquilleo de los flecos sueltos.
Cuando uno aprieta más de la cuenta al otro, éste se contrae volviendo a endurecer su estructura  a modo de coraza, pues aún no se conocen lo suficiente como para confiar en sus propias reacciones. Es entonces cuando se desenrollan y se alejan prudencialmente sin saber muy bien qué hacer.
Dándose espacio y siendo conscientes de la complicidad adquirida, los dos hilos vuelven a acercarse, pero esta vez con más decisión, pues entre toda la gama textil que han conocido, ellos son , el uno para el otro, los ejemplares más interesantes y atractivos que han conocido.
De esta manera vuelven a enroscarse como culebras y juntando sus morros en un lazo de doble nudo, convierten sus discontinuidades en una sola línea roja y elegante, para volver más tarde a soltarse sin dejar de combinar sus finos cuerpos en formas rojas y cambiantes.





jueves, 2 de septiembre de 2010

El sabor según Aurora

Cada vez que Aurora entraba en una carnicería, su cuerpo se contraía en una deliciosa ebriedad de excitación; todas esas piezas rosadas y desnudas expuestas descaradamente ante sus ojos, le recordaban sin remedio los diferentes encuentros acontecidos en el último mes. 
Las diversas propiedades culinarias de la carne laxa y magra, se relacionaban dentro de su cerebro con los sabores perfectamente archivados de cada una de sus amantes, de tal manera que sin apenas proponérselo comenzaba a inventarse platos nuevos mezclando el dulzor sereno de Raquel con  la cremosidad juvenil de Rebeca si miraba hacia el magret de pato y el carpaccio de ternera o el gusto salado de Lucía con el desenfreno achampanado de Ana si lo que observaba eran los magníficos filetes de solomillo. 
El deleite que experimentaba en esos momentos era tan delicioso, que procuraba no coger el tiquet del turno hasta un buen rato después de haber entrado, aprovechando la gran cantidad de clientes que esperaban para comprar. Ese era para Aurora un gran momento, porque podía llegar a captar varias sensaciones y sabores a la vez, convirtiendo su espacio íntimo en un fogón de fantasías aderezadas con el pulso de su entrepierna.  Pasado ese tiempo, cogía su tiquet y en el momento de acercarse al mostrador y señalar la pieza mediante un suave arrastre de la mano en el cristal, comenzaba a humedecerse los labios premeditadamente, preludiando el nuevo sabor que le daría a su noche de sábado.
El carnicero le daba su pedido sin percatarse de la embriaguez que rodeaba a Aurora, la cual saliendo del establecimiento, desenvolvía la carne y cogiéndola entre las manos, la colocaba muy cerca de la boca de manera que su propio aliento le rebotaba con un olor crudo a proteína en estado puro, sintiendo el poso del encuentro fascinante que de Marta guardaba la noche anterior. Y era entonces cuando cerraba los ojos, entreabriendo la boca y respirando profundamente, dejando escapar un tenue gemido, casi imperceptible, producido por el placer que le suponía el recuerdo de la textura suave y resbaladiza de la piel de sus amantes. Una secuencia de productos de alto gourmet aparecía en su imaginario palatal como si de un negativo de fotos se tratara, cada imagen con un sabor asignado, dependiendo del olor, la música y la mujer que apareciera en su recuerdo.
En eso pensaba Aurora los días en los que la carne estaba en su menú semanal.

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