martes, 12 de octubre de 2010

La niña de blanco



















La niña de blanco apretaba fuertemente las cuerdas con sus pequeñas manos intentando saltar con esfuerzo al ritmo de sus compañeras. Llevaba puesto un vestido largo y vaporoso que marcaba a cada salto las sutiles formas de un cuerpo curioso y primerizo, pero firmemente decidido a llevar el juego de la comba hasta el final.
Con el movimiento, sus ropas se deshacían en ondas de fina nieve que hacían las delicias de los chiquillos y la envidia de las muchachas.
En las fiestas de los pueblos, los padres engalanan a sus hijos con las mejores ropas, pero sin pretenderlo, la niña de blanco destacaba sobre el resto, y no por tener el mejor vestido, sino por la pecualiar manera de lanzar por los aires los volantes del mismo cada vez que la cuerda pasaba por debajo de sus pies.
En su estética infantil, se mezclaban a partes iguales la inocencia  que da el estado de concentración para evitar fallar en el salto con la perseverancia de intentarlo una y otra vez, sin lastimar el dobladillo de la delicada tela, como si su ropa fuera una segunda piel que se dilata y se contrae al ritmo del frenético juego.
Poco a poco, la niña lograba domar el cordel, dibujando en el aire formas geométricas y cambiantes por las que su cuerpecito se introducía, terminando cada acrobacia en un festival de nubes blancas; y de nuevo otra vez un cambio de giro, una nueva cabriola que dejaba sin aliento a los paños que la cubrían.
Ella era feliz en su almidonado ejercicio, ajena al resto de compañeras que saltaban con relativa facilidad y competían por ser la más diestra en el juego de la comba. Pero a diferencia de ella, el resto si que observaba la deliciosa coreografía que la niña las regalaba  sin ser consciente. Eso era precisamente lo que la hacía distinta y especial.

lunes, 27 de septiembre de 2010

La matemática del pretendiente

El diagrama de flujo del algoritmo del cortejo es una de las consecuciones de acción-reacción más sorprendentes y excitantes que se puedan experimentar. Lo único que conviene tener claro es que la flecha ha de ir en línea recta, siempre hacia los colores más cálidos.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Dos hilos rojos

Dos hilos rojos se encuentran en un punto de una hoja en blanco.
Primero se sorprenden y se miran frente a frente con curiosidad; se acercan lentamente con cautela, sin perderse de vista, observando qué clase de hebras posee cada uno: Las del hilo de la izquierda son finas y fuertemente entrelazadas formando una espiral compacta; las del hilo de la derecha son gruesas y trenzadas en formas geométricas con la misma firmeza que las de su compañero, así que ninguno de los dos se relaja, manteniendo su estructura apretada y en tensión.
Cuando se han reconocido, pasado un tiempo, comienzan a relajar su entramado y enrollándose suavemente se miran de costado, de perfil y de soslayo, pero esta vez con una coreografía abierta y tranquila.
Los dos hilos rojos se gustan porque bailan a la vez danzas ondulantes; se juntan y se separan rozando sus  respectivos lomos de fibra y sintiendo el cosquilleo de los flecos sueltos.
Cuando uno aprieta más de la cuenta al otro, éste se contrae volviendo a endurecer su estructura  a modo de coraza, pues aún no se conocen lo suficiente como para confiar en sus propias reacciones. Es entonces cuando se desenrollan y se alejan prudencialmente sin saber muy bien qué hacer.
Dándose espacio y siendo conscientes de la complicidad adquirida, los dos hilos vuelven a acercarse, pero esta vez con más decisión, pues entre toda la gama textil que han conocido, ellos son , el uno para el otro, los ejemplares más interesantes y atractivos que han conocido.
De esta manera vuelven a enroscarse como culebras y juntando sus morros en un lazo de doble nudo, convierten sus discontinuidades en una sola línea roja y elegante, para volver más tarde a soltarse sin dejar de combinar sus finos cuerpos en formas rojas y cambiantes.





jueves, 2 de septiembre de 2010

El sabor según Aurora

Cada vez que Aurora entraba en una carnicería, su cuerpo se contraía en una deliciosa ebriedad de excitación; todas esas piezas rosadas y desnudas expuestas descaradamente ante sus ojos, le recordaban sin remedio los diferentes encuentros acontecidos en el último mes. 
Las diversas propiedades culinarias de la carne laxa y magra, se relacionaban dentro de su cerebro con los sabores perfectamente archivados de cada una de sus amantes, de tal manera que sin apenas proponérselo comenzaba a inventarse platos nuevos mezclando el dulzor sereno de Raquel con  la cremosidad juvenil de Rebeca si miraba hacia el magret de pato y el carpaccio de ternera o el gusto salado de Lucía con el desenfreno achampanado de Ana si lo que observaba eran los magníficos filetes de solomillo. 
El deleite que experimentaba en esos momentos era tan delicioso, que procuraba no coger el tiquet del turno hasta un buen rato después de haber entrado, aprovechando la gran cantidad de clientes que esperaban para comprar. Ese era para Aurora un gran momento, porque podía llegar a captar varias sensaciones y sabores a la vez, convirtiendo su espacio íntimo en un fogón de fantasías aderezadas con el pulso de su entrepierna.  Pasado ese tiempo, cogía su tiquet y en el momento de acercarse al mostrador y señalar la pieza mediante un suave arrastre de la mano en el cristal, comenzaba a humedecerse los labios premeditadamente, preludiando el nuevo sabor que le daría a su noche de sábado.
El carnicero le daba su pedido sin percatarse de la embriaguez que rodeaba a Aurora, la cual saliendo del establecimiento, desenvolvía la carne y cogiéndola entre las manos, la colocaba muy cerca de la boca de manera que su propio aliento le rebotaba con un olor crudo a proteína en estado puro, sintiendo el poso del encuentro fascinante que de Marta guardaba la noche anterior. Y era entonces cuando cerraba los ojos, entreabriendo la boca y respirando profundamente, dejando escapar un tenue gemido, casi imperceptible, producido por el placer que le suponía el recuerdo de la textura suave y resbaladiza de la piel de sus amantes. Una secuencia de productos de alto gourmet aparecía en su imaginario palatal como si de un negativo de fotos se tratara, cada imagen con un sabor asignado, dependiendo del olor, la música y la mujer que apareciera en su recuerdo.
En eso pensaba Aurora los días en los que la carne estaba en su menú semanal.

viernes, 27 de agosto de 2010

La proteína primitiva

En mi imaginario, las carnicerías se convierten en espacios sexuales.
Te muestras para mí igual que lo hacen los muslos de pollo, las hamburguesas envasadas y los cuartos traseros de las terneras en el momento en el que la saliva comienza a aparecer involuntariamente, rindiendo tributo a la proteína primitiva.
Cuando veo al carnicero toqueteando un buen solomillo o enseñando las hermosas piezas de color rojizo que dejan restos de grasa en las manos, me imagino que con las mías te moldeo como a la carne picada con su textura deliciosa y orgánica; Me entras por los ojos igual que los filetes frescos en las bandejitas, jugosos y apetecibles, que juegan a seducirme con sus fibras palpitantes..
Quiero embadurnarme de fluido, apretar los nervios y los cartílagos entre mis dedos y sacarlos impregnados en sangre; la suciedad de la vida misma, tan obscena como real y deseada.
El olor a carne cruda y el ambiente emponzoñado de los mostradores me hacen fantasear con el sabor de tu lomo, servido como el mejor de los Carpaccios.

jueves, 19 de agosto de 2010

La melodía. (Homenaje a Haneke)

Antes de preparar la cena, Paula se pone a planchar en el salón de su casa mientras ve un documental sobre animales salvajes. Ha amontonado la ropa arrugada en un sillón que está a su izquierda y va cogiendo las diferentes prendas con un movimiento pausado pero constante, levantando a menudo la vista de la tabla para mirar el televisor y mostrando una mezcla entre interés y distracción para matar el rato. En frente del sillón y también a su izquierda hay una mesita redonda con una botella de vino y una copa que llena y va tomando de vez en cuando. Plancha la ropa de manera metódica y precisa, como si fuera lo único que hubiera hecho en los últimos años. Está vestida con ropa cómoda de estar por casa y se ha recogido el pelo oscuro en una coleta alta dejando ver una cara expresiva de tez blanca.
Paula es una mujer de mediana edad que trabaja en un teatro de la ciudad impartiendo clases de arte dramático a chavales que están comenzando su carrera actoral. Esa noche ha llegado más tarde de lo habitual a su casa y quiere dejar la ropa preparada para mañana, lo que nos hace pensar que se trata de una mujer responsable y organizada.
Apenas lleva quince minutos con la tarea cuando comienza a escuchar unos chillidos agudos de niño seguidos de unos insultos de voz masculina provenientes del piso superior. Es un diálogo desgarrador e inoportuno que comienza con un volumen bajito y sube hasta un tono inapropiado.
De repente el semblante de Paula se vuelve rígido y el rostro se le oscurece. Con un gesto automático deja la plancha en posición vertical y sube la cabeza como si fuera a ver a través del techo lo que está sucediendo, que por otra parte, no es muy difícil de imaginar. Vuelve a bajar la cabeza, coge el mando de la tele y quita el volumen para escuchar mejor. Apoya los brazos en la tabla con actitud de malestar, mirando hacia los lados con esa expresión de saber perfectamente “lo que está sucediendo”, mientras las aletas de la nariz se le hinchan y su boca adquiere un mohín de desagrado. Así se queda durante unos segundos, sin saber qué hacer, escuchando paralizada el himno de la desgracia que desaparece del aire tal y como vino.
Sin poder relajar los músculos de su cara, comienza impredeciblemente a volver a planchar, como si lo que acabase de escuchar con claridad no hubiera existido y fuera producto de su mente, pero su actitud es la de quien sabe lo que está ocurriendo y no hiciera nada al respecto. Sigue planchando, primero despacio con la vista fija en la tabla y luego con más energía como si quisiera espantar los malos pensamientos, pero ahora sus gestos son tensos y la manera de coger la ropa ya no es la de antes, sino más nerviosa. Hace una parada para tomarse de un solo trago la copa de vino y al terminar deja caer los brazos en actitud derrotista, alzando la cabeza con los ojos cerrados y respirando profundamente. Tras esta pausa, retoma la actividad.
De repente los gritos vuelven, pero ahora también acompañados de llanto y pasos atronadores por el pasillo. Paula vuelve a coger el mando del televisor para subir la voz hasta un volumen más alto que al principio y mientras plancha, ve la pantalla sin prestar mucha atención a lo que dicen; sólo quiere que el documental apage el odioso espectáculo de sus vecinos.

jueves, 12 de agosto de 2010

El físico que estorba

El tenerte debajo me pone mucho. Así te miro mientras resbalo sobre tu sexo. Te miro y te veo desde fuera como si no te conociera y estuviera follando con una desconocida que me gusta. Y de esta manera te pienso y me excito y te quiero porque haces que me excite pensándote.
¿Quieres saber cómo te pienso?
Cuando nos devoramos como animales a la intemperie, tu cuerpo me estorba. Te retaría a una lucha sin miramientos. Es tan fuerte el deseo, que se aplacaría tan sólo viéndote sufrir, sometida por el dolor de mis manos al golpearte. Y buscaría tu sangre que con su gusto metálico calmaría mis ansias, como un trofeo de guerra.
Quiero que tu cuerpo fluya para que me embadurne de rojo oscuro. Quiero que te duela y que me ofrezcas tu dolor como prueba del amor que me profesas.
Entonces yo caigo sobre tus rodillas y siento que te adoro.

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