Con gran agilidad, la niña Marla subía y bajaba del árbol en el que había comenzado a construir una cabaña de palos y hojas, formato carne, en el que se metería para pasar las largas horas de verano, alejada de sus padres y sus hermanos. Ese sería su laboratorio de fantasías.
Diría frases que nadie mas oiría, bailaría sin que nadie más la viera, quizá alguna rama, algún brote de hoja.
Diría frases que nadie mas oiría, bailaría sin que nadie más la viera, quizá alguna rama, algún brote de hoja.
Marla era pequeña y rápida. Su pelo rebelde de gitanilla, negro como los conjuros, le caía por los hombros flacos o se enredaba en su cuello como las serpientes. Trepaba como los monos o las ardillas. Era la reina de los troncos y en la copa del árbol más frondoso crearía su propio reino lleno de muñecos, plastilina y tebeos.
Ansiaba vivir allí arriba y no bajar nunca, ver la vida desde las alturas y reírse cuando su familia la llamase a gritos para cenar.
Viviría su propia historia de amor infantil con la inocencia de su vida y pararía su reloj de pulsera de juguete para que el tiempo durmiera a su lado sin tener que madrugar para ir a la escuela, sin tener que hacer los deberes por la tarde.
Deseaba lo imposible, pero de eso se daría cuenta con el tiempo.
De mayores, todos queremos parar el tiempo, aunque sea por un instante.
Las cabañas siempre han sido un huequín perfecto en el que esconderse.
ResponderEliminarMe gusta ;)
Las cabañitas.. Si que lo son. :)
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